A la maestra con cariño

Rocío Guzmán Benítez

La maestra Rosa María González Aguayo, mejor conocida como Rosita, cumplió 39 años de labor docente en la UACh. Difusión Cultural  le brindó un merecido homenaje. Tzapinco recupera algunas  vivencias de la maestra.

Rosita es historiadora por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y llegó a Chapingo en 1976 porque le habían “dado el tip de que había chamba en Chapingo”, comenta risueña.

“Vine a Chapingo justo el día que entró el ejército (1976). Nos avisaron que había un movimiento en la UACh, y el maestro Abel Aguilar, profesor de Dicifo, nos llevó a su casa. Posteriormente me llamaron porque había muchos grupos sin clases; se habían ido los profesores chilenos; había muchas materias disponibles y grupos.

“Lo primero que me dieron en Recursos Humanos fue mi renuncia para que la firmara, antes del contrato. Yo no la firmé. El primer contrato que tuve fue de julio a diciembre de 1976. Tuve diez grupos; estaba aquí de 9 a 21 horas. Ganaba cinco mil quinientos pesos, ¡pero tardaron ocho meses en pagarme! Cuando me lo entregaron ya lo debía todo.

“Salía volada de la clase para alcanzar el zorrito aullador, por los perros de agua; así le decíamos al último camión que venía de Veracruz y me dejaba en La Merced”.

El gran salto

Sorpresa, la maestra no siempre fue figura emblemática de la Capilla Riveriana.

─ ¿Cómo llegó a la capilla, maestra?

—Pasaba y pasaba por la capilla; me encantaba el lugar. Aquí estaba Jorge Grajales. Tiempo después me llamó el ingeniero Carlos Orozco Alam ─rector en ese entonces─ para preguntarme si quería estar en la capilla, porque el compañero Grajales enfermó y no podía venir. Me dijo que pidiera permiso a mi Academia y al colegio de Humanidades. Sin dejar mis clases.

Llegué en 1992 o 1993, no recuerdo bien. Buitrón me dio mil pesos extras, pero por venir toda la semana. Estaba los siete días de tiempo completo.

─Veintidós años en la capilla. ¿No le han aburrido tantos años  en el mismo lugar?

—No, para nada. Es el mismo lugar, efectivamente, pero la gente que viene siempre es diferente.

─ ¿Qué es lo más sorprendente que le ha pasado aquí?

—Un día se metió una paloma gris; tratamos de sacarla, de atraparla, pero desapareció. Pensamos que se había salido. Al día siguiente trajeron un ataúd gris, porque había fallecido un alumno de nosotros. Quizá fue casualidad.

“Pero también me han pasado cosas lindas.

“Vino un grupo de niños de kínder. Yo estaba dando la explicación del frontis y señalando a Lupe Marín y hablando de su embarazo, cuando de pronto se para una niña y pregunta muy intrigada: “Pero: ¿qué fue niña o niño?

“Y otras muy enternecedoras.

“Recibí a un grupo de tojolabales, con su vestimenta indígena. Estuvieron muy atentos a la explicación que les di. Y hacia el final, se separó un compañero del grupo, se sentó frente al mural y comenzó a llorar bajito. Yo pensé: “Ya la regué, seguro lo ofendí con mis palabras, ay Dios”. Le pregunté qué había pasado, si yo había hecho algo mal. Y él, todavía con la respiración entrecortada, me contestó, moviendo la cabeza negativamente: “Esta es mi tierra”, respondió. “Me llenó”,  afirma la maestra Rosita, resplandeciente.

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